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HAY TOROS QUE MERECEN PASAR A LA HISTORIA

Por Álvaro Acevedo / Foto: Carlos Núñez

Entre los grandes desencuentros de la Fiesta actual hallamos el de la ganadería de Fuente Ymbro con las figuras del toreo, ésas que no se salen de la media docena de divisas que conocen y controlan con la exactitud de un mayoral viejo. Los toros de Ricardo Gallardo, salvo casos muy puntuales, no entran en los planes de los grandes toreros, quizá porque de vez en cuando sale algún animal soplando más fuerte de la cuenta. Hoy por ejemplo el tercero, humillador, reservón y agresivo, yo creo que para apostar y arriesgar si un torero tiene capacidad –y, ojo, necesidad– de hacerlo. Por mil razones, no es el caso de El Fandi, que no lo quiso ver.

A Ricardo Gallardo también le salieron dos toros de perfil medio, muy manejables, ambos de triunfo, que se fueron al desolladero con una pila de pases y las orejas puestas. Le tocaron a Manuel Jesús El Cid, otrora importante torero pero, ya desde hace varios años, un hombre en preocupante estado de forma. Quiere pero no puede, y parece que nadie es capaz de hacérselo ver.

Pero la tarde del sábado de feria quedará marcada por dos toros que debieron ser inmortalizados por sus lidiadores. Dos toros fantásticos, ambos serios y fuertes, estrechos de sientes, preciosos de pitones y que embistieron con ritmo y recorrido, con fijeza y temple, con entrega absoluta de principio a fin. El primero, castaño y aleonado, le tocó a Juan José Padilla, que lo recibió a portagayola, lo banderilleó fácil y lo toreó también fácil, con limpieza, largura, honradez y casi siempre en línea recta por ambos pitones, bueno el derecho y todavía mejor el izquierdo. La estocada fue certera y la petición, mayoritaria, pese a lo cual le negaron la oreja. O al presidente no le gusta el estilo de Padilla o es que no sabe sumar, algo preocupante a estas edades. Sea como fuere, incumplió descaradamente el reglamento.

El otro toro de ensueño fue el sexto, que cayó en manos de El Fandi. El granadino manejó el capote con su habitual soltura, y hubo lances templadísimos antes de una faena de menos a más, porque cuando David por fin se dio cuenta de la maravilla que tenía enfrente, se animó a desgranar un puñado de naturales con la suavidad y ajuste que demandaba aquel “fuenteymbro” de escándalo. Tras matar por arriba le dieron una  oreja pero el toro no pasó a la historia. Una pena: lo hubiera merecido.