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TROPEZÓN EN LO MÁS LLANO

Por Álvaro Acevedo / Foto: Arjona-Toromedia

Esto de no poder echarle la culpa a nadie es terrible, pero si somos honestos y sensatos deberemos convenir que el cartel era irreprochable y también, la elección de la ganadería de Jandilla. Además la corrida tuvo una presencia impecable. ¿Qué más podía hacer el empresario? Rezar, que siempre viene bien si eres creyente o si no lo eres pero la cosa se ha puesto muy malita.

Y se puso desde el principio, cuando el primero de la tarde se echó antes de la estocada de Antonio Ferrera, no sé si por falta de raza o por falta de salud. Luego El Juli mereció una oreja pero el presidente incumplió el reglamento: había mayoría flagrante de pañuelos. Y si lo que pretendía era defender la categoría de la Maestranza, ya lo podía haber pensando otros años en los que concedió trofeos que dejaron Sevilla a la altura de Villanueva del Membrillo. Pero además es que El Juli estuvo inspirado con el capote, en un quite por delantales rematados con media lentísima; y en otro más variado, con tijerilla fantástica, y que le valió para replicar a lo grande a otro de Roca Rey, en el que intercaló chicuelinas, tafalleras y gaoneras. Ya muleta en mano, y superadas las ráfagas de viento que marcaron el inicio de la faena, enceló al de Jandilla y lo toreó por naturales de manera impecable, con gusto, sabiéndose dueño de una plaza entregada al maestro sin reservas. Fueron dos series muy notables y una en redondo de más mérito incluso, pues el toro se desplazaba menos y hacía hilo. Luego el de Jandilla marcó la querencia y recrudeció su gazapeo, así que El Juli entró a matar antes de empeorar las cosas. La estocada, desprendida, hizo rodar al toro, y fue cuando el presidente se vino arriba. La bronca no fue chica.

Otra oreja mereció la labor de Roca Rey frente al sexto, pero el peruano marró en la suerte final después de recorrer media plaza detrás de un chorreao mansito y muy noble que iba y venía como un carretón. Andrés le hizo de todo, por delante y por detrás, entre el júbilo de unos tendidos que reconocieron el afán desbocado del torero ante la docilidad sin celo del animal. Su primero, áspero y tobillero, no le dejó meter mano, ni tampoco el quinto al Juli, siempre a la defensiva y con malas ideas. Ferrera, con un lote desfondado, se recreó en la nada y mató muy despacio al último de su feria particular. Una feria que tropezó en lo más llano.