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LOS NATURALES CLANDESTINOS

Por Álvaro Acevedo / Foto: Arjona-Toromedia

En la Feria de Sevilla había una corrida clandestina, descolgada del ciclo continuado de festejos, sin televisión, y para colmo con viento y frío, mucho frío. Los toros eran de Las Ramblas, de Albacete como el empresario, casualidades de la vida, y los toreros, cada uno de su padre y de su madre. Nada tenían que ver los unos con los otros.

Abría plaza Curro Díaz, apartado de la Maestranza hace algunos años, digo yo que por tener personalidad, esa virtud sospechosa y en desuso. El segundo era Pepe Moral, autor de los mejores naturales de la feria de 2017, y autor, me temo, de los mejores naturales de la feria de 2018. Como el año pasado toreó una mierda pese a aquella faena maravillosa a uno de Miura, se  ha tenido que poner en manos cercanas a la patronal, pues su mentor, Julián Guerra, dicen que es un hombre próximo a Matilla, la mano que mece la cuna del toreo, o de lo que queda de él, pero el cambio de apoderado no le ha dado para más. La clandestina de hoy, y la de Miura a final de feria, no sea que deje en evidencia a más de uno en mitad de farolillos con esa mano izquierda de seda. El tercer hombre era Román, que anunció a primeros de año y a bombo y platillo su decisión de ponerse en manos de… ¡Nautalia!, que de apoderar a toreros sabe un rato, por lo visto. Desde este humilde blog (viendo su ubicación en las ferias de Valencia, Sevilla y Madrid) me ofrezco a darles a los de… ¡Nautalia! unas clases gratis de cómo darle categoría a un torero joven, porque las clases para quitársela (la categoría, digo) se ve que las han aprendido rápido, vaya usted a saber de quién.

Valga esta introducción, reconozco que más extensa de lo recomendable, para que se den cuenta de cómo está el toreo. La corrida de Las Ramblas tuvo una nobleza engañosa, sólo aparente, fruto de su falta de pujanza, lo que impidió que alguno de sus ejemplares desarrollara su mala clase. Porque la corrida no tuvo eso, clase, menos el cuarto de la tarde, que colocó bien la cara por el lado izquierdo para que Pepe Moral deleitara con diez naturales verdaderamente apoteósicos. De trazo excelso, de suavidad maravillosa, de lentitud orgásmica, de cante grande. Yo no sé si tendrá motor para ser figura del toreo pero ése es su problema. El tío torea para reventar. Algunas criaturas, acostumbradas a pegapases doctorados en  el muleteo vertiginoso y ligado bajo la fórmula del tío-vivo no acabaron de enterarse de que el zagal de Los Palacios había bordado el toreo. La presidenta, por fortuna, sí: por eso le dio una oreja tras matar mal. En nombre de mí mismo, muchas gracias, Pepe Moral.

También se la pidieron a Curro Díaz pero Anabel, la presidenta, no quiso. Hizo bien, pues el bajonazo yo creo que fue descarado. La faena a ese segundo de su lote tuvo un inicio de mucho nivel, exquisito, y una primera serie en redondo de categoría. Enganchó al gentío, que luego vibró con muletazos muy cortos, plásticos y aparentemente desmayados pero  en realidad rígidos, ante un toro que se aplomó demasiado pronto. Me gustó más en el primero, al que toreó más suelto, siempre torerísimo, y también muy firme y muy de verdad. El toro se movió sin clase y Curro puso la calidad que no tenía el enemigo. Casi nadie le pidió la oreja, pues pagó las consecuencias de abrir plaza.

Luego, Román pagaría las consecuencias de la honestidad, y también de la inocencia. El tercer toro, un cinqueño de andares sospechosos, entró dormido a la muleta y Román, con pulso de acero, lo esperó para doblarse con él a cámara lenta. Y después construyó una faena intachable, muy por encima de las dificultades de su enemigo, y pisando terrenos pantanosos hasta que ese afiladísimo pitón izquierdo hizo carne. Normal: Román no había venido a Sevilla a pasar el rato. En tres tardes, dos cornadas. A Diego Puerta le pegaron sesenta. Saldrás adelante, Román Collado.